Bad Bunny en el Super Bowl: un grito en español que puso a bailar al mundo y reafirmó la presencia latina
- Conecta Puerto Rico

- 9 feb
- 4 Min. de lectura
Por Conecta Puerto Rico | #CulturaPop

La frase apareció en español, sin traducción ni concesiones: “Este es el medio tiempo del Súper Tazón”. No fue una provocación gratuita ni un guiño folclórico. Fue una declaración de presencia. Así comenzó el espectáculo de Bad Bunny este domingo en el Super Bowl, un escenario históricamente reservado para la cultura dominante estadounidense y, durante décadas, impermeable al idioma español.
Durante 13 minutos —breves en duración, densos en significado— el artista puertorriqueño transformó el medio tiempo de la final de la NFL en algo más que un show musical: lo convirtió en un acto de afirmación cultural, un mensaje claro y contundente para millones de espectadores dentro y fuera de Estados Unidos. Seguimos aquí.

Un repertorio que cuenta una historia
El espectáculo abrió con “Tití me preguntó”, una canción que mezcla humor, ritmo y una crítica velada a los roles tradicionales, para luego avanzar por una selección de temas que funcionan como capítulos de una misma narrativa: “Yo perreo sola”, “El apagón”, “NUEVAYoL” y, finalmente, “Debí tirar más fotos”, con la que cerró su presentación.
No fue una lista de éxitos al azar. Fue una curaduría consciente que transitó desde la celebración corporal hasta la denuncia social, desde la fiesta hasta la memoria. El perreo coexistió con la crítica política; la euforia, con la nostalgia.

Puerto Rico en escena: símbolos que no piden permiso
Como es habitual en su propuesta artística, el escenario estuvo poblado de símbolos profundamente boricuas, reconocibles para quien los ha vivido y reveladores para quien los veía por primera vez.
Los carritos de piragua, emblema del calor caribeño y de la economía informal; el cuatro puertorriqueño, instrumento nacional que conecta con la música jíbara; y “la casita”, esa estructura rural que Bad Bunny ha integrado a su gira mundial como metáfora del hogar, de lo que se defiende y de lo que no se abandona.
No eran elementos decorativos. Eran marcadores de identidad colocados en el centro del espectáculo deportivo más visto del planeta.
La latinidad como experiencia compartida

Más allá de Puerto Rico, el show se expandió hacia una latinidad plural. Un niño durmiendo sobre sillas plásticas en medio de una boda evocó una escena familiar para millones de latinoamericanos: la celebración extendida, el cansancio compartido, la vida que ocurre mientras la música sigue sonando.
Fue un gesto mínimo, casi íntimo, pero cargado de resonancia. Porque Bad Bunny no explicó la escena: confió en que quienes debían entenderla, lo harían.
Sobre el escenario también aparecieron figuras reconocidas de la cultura popular latina —artistas y actores— no como protagonistas, sino como parte de una comunidad visible, una constelación de rostros que reafirmaba que el espectáculo no era individual, sino colectivo.
El contexto político: cantar en español también es una postura
La expectativa de controversia era inevitable. Desde sectores conservadores en Estados Unidos, la elección de Bad Bunny como artista del medio tiempo fue criticada con antelación, en gran parte por una razón sencilla y reveladora: su música es enteramente en español.

El dato no es menor. Apenas una semana antes, el artista había hecho historia al convertirse en el primer ganador del Grammy a Álbum del Año con una producción completamente en español, Debí tirar más fotos. Su presencia en el Super Bowl consolidó ese momento histórico.
Aunque no hubo menciones directas al presidente Donald Trump ni a agencias como ICE —como sí ha ocurrido en otros contextos—, el mensaje político fue claro y constante. Bad Bunny lo resumió en tres palabras que resonaron como consigna: “Seguimos aquí.”
Energía eléctrica, memoria y resistencia
Uno de los momentos más cargados de simbolismo ocurrió cuando el artista cantó sobre un poste de luz, un objeto cotidiano que en Puerto Rico se ha convertido en símbolo de precariedad y abandono. Los apagones constantes, agravados desde el huracán María en 2017, no son solo un problema técnico: son una herida abierta en la vida diaria de la isla.
Colocar ese poste en el escenario fue llevar una denuncia local a una vitrina global, sin discursos explícitos, sin consignas gritadas, pero con una potencia visual imposible de ignorar.

“God bless America”… ¿cuál América?
El cierre fue, quizá, el gesto más elocuente del espectáculo. Bad Bunny pronunció en inglés la frase “God bless America”, una expresión tradicionalmente utilizada para referirse únicamente a Estados Unidos. Pero de inmediato la resignificó.
En las pantallas apareció un mapa del continente americano sin fronteras, mientras el balón que sostenía llevaba el mensaje: “Together we are America” (“Juntos somos América”). País por país, el continente fue nombrado, ampliando el concepto de “América” más allá de una sola nación.
No fue un acto de confrontación, sino de redefinición.
Una fiesta, sí. Pero también un mensaje
Bad Bunny se retiró del escenario cantando “Debí tirar más fotos”, rodeado de personas ondeando banderas de distintos países latinoamericanos, bailando y celebrando. Fue una despedida alegre, casi carnavalesca.
Porque, al final, lo que ocurrió este domingo fue una fiesta.

Pero no una fiesta vacía.
Fue una celebración con memoria, con identidad y con intención. Un recordatorio de que la cultura latina no está pidiendo espacio: lo está ocupando.
Y el mensaje quedó claro, sin traducción ni subtítulos:
Seguimos aquí.





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