Liderar sin permiso: cuando la autogestión sostiene a Puerto Rico
- Conecta Puerto Rico

- 3 mar
- 4 Min. de lectura
Por Conecta Puerto Rico | Segmento #EnVozAlta
En Puerto Rico, muchas soluciones no llegan primero desde una oficina. Llegan desde una cancha, una marquesina, un centro comunal o un huerto que antes fue un punto de peligro y hoy es un punto de vida.
En nuestro segmento #EnVozAlta, pusimos sobre la mesa un tema que toca el corazón del país: el liderazgo comunitario y la autogestión. No como consigna, sino como realidad cotidiana. Porque cuando los recursos tardan —o no llegan— hay comunidades que no esperan. Se organizan. Se defienden. Se inventa futuro.
La pregunta que atravesó toda la conversación fue directa, incómoda y necesaria: ¿Estamos reconociendo y fortaleciendo el trabajo de nuestras comunidades… o las estamos dejando sostener solas responsabilidades que deberían ser compartidas?
Esta semana, además, coincidió con dos fechas simbólicas: la Semana del Líder Comunitario y la antesala del Día Internacional de la Mujer, y el diálogo se convirtió, inevitablemente, en homenaje. Un homenaje a tres mujeres que encarnan una idea poderosa: la comunidad no es un concepto, es una práctica.
Carmen Pacheco: la verdad no es “problema”

Desde el sector Clausel, doña Carmen Pacheco habló con la claridad de quien ha visto de cerca cómo el poder suele etiquetar para neutralizar.
“Nos ponen el sello: problemática. Pero no somos problemáticos. Estamos diciendo la verdad: que no te gusta”, afirmó.
Su frase no fue un desahogo. Fue una radiografía. Porque en Puerto Rico, muchas veces, el liderato comunitario se penaliza cuando no aplaude, cuando exige y cuando incomoda. “Yo no soy foca”, dijo para dejarlo claro.
En su testimonio, hubo una idea recurrente: la autogestión no es una moda; es una defensa. Defensas contra expropiaciones, negligencias y abandono. Y también defensas contra la narrativa de que el líder “bueno” es quien no cuestiona.
Lohary Munet: la comunidad organizada no puede sola

Desde Villa del Carmen, Lohary Munet aterrizó el tema en una realidad que no necesita adornos: hay necesidades colectivas —como una segunda salida de
emergencia en una zona vulnerable— y necesidades individuales —familias sin agua ni luz— que conviven en el mismo mapa.
Y en su explicación apareció una imagen precisa: un triángulo equilátero.
En la base está la comunidad. En un lado, el gobierno. En el otro, organizaciones y academia. “La comunidad, aunque esté organizada, sola no puede”, sostuvo.
Ese señalamiento es crucial porque revela un problema recurrente: se celebra la resiliencia comunitaria, pero se normaliza que sea eterna, sin respaldo estable, sin continuidad ni
estructura. Y cuando cambia una administración, se borra lo logrado, y el proceso vuelve a empezar como si el tiempo de la comunidad no contara.
María Luisa Cortijo: cultura como refugio y primera respuesta

Desde Loíza, por teléfono, doña María Luisa Cortijo narró cómo la memoria puede convertirse en infraestructura emocional y social.
La Casa Museo Cortijo, en el Ancón de Loíza, nació para preservar la historia de su familia, pero se transformó en algo mayor: un espacio que educa, forma, convoca y responde. En emergencias —cuando llega el huracán, cuando falta la luz, cuando la ayuda tarda— el colectivo del Ancón se convierte en la primera respuesta para muchas personas, especialmente para adultos mayores y vecinos encamados.
Sostener un proyecto cultural comunitario, sin embargo, implica un reto constante: financiamiento, personal, continuidad. Allí han respondido con propuestas, alianzas, talleres y un huerto comunitario que funciona como aula viva. Artesanía, bomba, cocina, agroecología, recorridos históricos, trabajo con juventudes: el museo opera como espacio cultural, pero también como escuela de autogestión.
Y en medio del peso emocional que conlleva liderar, doña María ofreció una imagen íntima y poderosa: cuando el estrés aprieta, mira el Río Grande de Loíza y recuerda a Julia de Burgos. Ese gesto resume lo que muchas líderes viven: la fuerza se busca donde se puede para seguir.
El costo invisible: la salud mental del liderazgo
Una de las preguntas más reveladoras del diálogo fue la que casi nunca se hace en voz alta: ¿qué impacto tiene en la salud mental sostener proyectos sin respaldo estructural suficiente?
Las tres coincidieron: es drenante. Es pesado. Se suma a los roles cotidianos —madre, abuela, hija, cuidadora— y a la vez exige temple. Pero también coincidieron en algo esencial: la comunidad sostiene.
Hay días de “Niágara en bicicleta”, como describió Alojari, y hay momentos en los que el apoyo colectivo funciona como combustible. No elimina el desgaste, pero le da sentido.
Reconocer no es aplaudir: es respaldar
La autogestión no puede convertirse en excusa para que el Estado se retire. No puede ser el plan A permanente. Y tampoco debe depender del sacrificio personal de un puñado de líderes.
Si de verdad queremos honrar el liderato comunitario, el reconocimiento debe traducirse en recursos, continuidad, procesos y alianzas reales. Porque el país que se sostiene solo… eventualmente se cansa.
La lección de esta conversación fue simple y profunda: el liderazgo comunitario no es improvisación. Es organización, sacrificio y compromiso colectivo.
Y Puerto Rico no puede darse el lujo de mirar eso como “algo bonito”. Es, en muchos lugares, lo que mantiene todo en pie.





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