Mujeres que abrieron paso: entre los avances visibles y la equidad pendiente en Puerto Rico
- Conecta Puerto Rico

- 9 mar
- 5 Min. de lectura
Por Conecta Puerto Rico | Segmento #EnVozAlta
El Día Internacional de la Mujer suele llegar acompañado de mensajes de reconocimiento, campañas institucionales y homenajes bienintencionados. Pero una vez que pasa la fecha, persiste la pregunta más incómoda y quizás la más importante: ¿se están celebrando conquistas reales o se sigue posponiendo la equidad?

Ese fue el centro de la conversación en En Voz Alta, donde el análisis no partió de una consigna, sino de la experiencia concreta de dos mujeres que han construido liderazgo en espacios históricamente dominados por hombres: la industria marítima y la gastronomía profesional.
Por un lado, María Isabel Caraballo, presidenta y directora financiera de International Shipping Agency e International Public Terminal, una ejecutiva que ha pasado más de tres décadas en el sector marítimo. Por otro lado, la chef Benmar Santos, fundadora de Cielito Sur Catering Service y presidenta del capítulo de Ponce de la Unión de Mujeres de las Américas.
Sus trayectorias son distintas. El diagnóstico, sin embargo, coincidió en un punto esencial: sí ha habido avances, pero el camino hacia la equidad sigue siendo desigual, exigente y, muchas veces, agotador.
El costo de entrar a espacios donde antes no había mujeres

Caraballo no romantizó su historia. Dijo que llegar a donde está no fue fácil y resumió sus herramientas en dos palabras: educación y firmeza.
Fue la primera mujer en presidir una empresa de carga y descarga de barcos en Puerto Rico. En un sector donde predominaban mesas llenas de hombres, ella aprendió temprano que el respeto no llegaría por inercia. Había que ganarlo con conocimiento.
En las negociaciones, recordó, era común que intentaran ignorarla. Ella respondió hablando más, no menos. Aprendiendo más, no menos. Exigiendo espacio, no esperando permiso.
No es un detalle menor. Durante mucho tiempo, las mujeres que lograban entrar a industrias masculinizadas no solo tenían que cumplir con su trabajo; tenían que demostrar, de manera constante, que merecían estar allí.
La lógica era clara: a una mujer no se le permitía simplemente ocupar el puesto. Tenía que justificarlo una y otra vez.
La cocina también tiene techo de cristal

En la gastronomía ocurre algo parecido, aunque muchas veces se disimula bajo una narrativa de creatividad y glamour. Benmar Santos lo explicó con cifras que desmontan cualquier idea de igualdad plena.
A nivel mundial, los restaurantes con estrellas Michelin dirigidos por mujeres siguen siendo una minoría. Y aunque las mujeres llevan décadas sosteniendo cocinas, negocios familiares y proyectos culinarios, los niveles más altos del reconocimiento internacional continúan dominados por hombres.
Ese desfase revela una contradicción persistente: las mujeres han estado siempre en la cocina, pero no siempre han sido legitimadas como figuras de poder dentro de ella.
Santos describió el liderazgo en su industria como una mezcla de disciplina, resistencia física y control emocional. Jornadas de 24 o 36 horas, presión constante, errores que no pueden llegar al cliente y una exigencia silenciosa de mantener la compostura aun en el agotamiento.
La perfección, dijo, ha sido uno de los mandatos más pesados para las mujeres empresarias. Y en tiempos de redes sociales, esa presión se ha amplificado.
La trampa de la perfección
Ambas invitadas coincidieron, desde lugares distintos, en que las mujeres siguen cargando con una doble y hasta triple exigencia: rendir en el trabajo, sostener responsabilidades en el hogar y, al mismo tiempo, proyectar una imagen impecable.
La conversación se movió entonces hacia un punto clave de esta época: la influencia de las redes sociales en las nuevas generaciones de mujeres.
Santos habló de una cultura visual donde todo parece exigir perfección: apariencia, productividad, éxito, balance emocional. El mensaje implícito es peligroso: si no se alcanza cierto estándar, se siente como un fracaso.
Pero la perfección, recordó, no existe.
En eso hay una lección importante. La discusión sobre equidad no se limita a salarios o posiciones ejecutivas; también incluye las presiones estéticas, emocionales y simbólicas que siguen recayendo de forma desproporcionada sobre las mujeres.
La desigualdad que persiste donde menos debería
Quizás una de las partes más contundentes de la conversación fue cuando Caraballo habló de la brecha salarial.
A su juicio, todavía persiste una realidad incómoda: en posiciones equivalentes, muchos hombres siguen ganando más que las mujeres. Y no solo eso. Para ser consideradas en juntas, comités o posiciones de liderazgo, las mujeres todavía suelen tener que demostrar más resultados, más consistencia y más credenciales.
Es una desigualdad menos visible que antes, pero no por eso menos real.
La exclusión ya no siempre aparece de forma explícita. A veces se manifiesta en quien recibe la oportunidad primero, en quien se le presume autoridad, en quien se le asigna credibilidad sin tener que ganársela dos veces.
El liderazgo femenino también es compromiso social
Otro punto revelador fue la manera en que ambas conectaron el liderazgo empresarial con la responsabilidad comunitaria.
Caraballo habló de su trabajo en juntas y organizaciones sin fines de lucro como una extensión natural de su posición. No lo presentó como un gesto adicional, sino como una obligación ética. Quien tiene poder de decisión, sugirió, también tiene responsabilidad con la gente que no ha tenido las mismas oportunidades.
Esa mirada es importante porque desmonta otra falsa dicotomía: la de pensar que el éxito individual basta. En la experiencia de estas mujeres, el verdadero liderazgo no consiste solo en abrirse paso, sino en dejar la puerta menos cerrada para las que vienen detrás.
El papel de los hombres
Cuando llegó el momento de hablar del rol de los hombres, las respuestas fueron directas.
Caraballo pidió algo esencial: que se les dé a las mujeres espacio real en juntas, comités y posiciones donde se toman decisiones. No como gesto simbólico, sino como reconocimiento de capacidad.
Santos, por su parte, lo aterrizó a lo cotidiano: el cambio también ocurre en la casa. En la crianza compartida, en las tareas del hogar, en la pareja que no se aferra a un modelo machista donde el crecimiento profesional de la mujer se ve como amenaza o como inconveniente logístico.
La equidad, en ese sentido, no se acelera solo con discursos. Se acelera con corresponsabilidad.
Más que celebrar

La conversación dejó una idea difícil de ignorar: Puerto Rico ha cambiado, sí, pero no lo suficiente como para confundir avances con justicia plena.
Hay más mujeres en posiciones de poder. Hay más visibilidad. Hay más preparación. Hay más voz. Pero también siguen existiendo barreras salariales, sesgos estructurales, estereotipos persistentes y una carga desigual que obliga a muchas mujeres a hacer más para recibir menos.
Por eso, hablar de las mujeres en Puerto Rico no puede reducirse a una fecha conmemorativa ni a una narrativa de superación individual.
Hablar de las mujeres hoy implica preguntarse, con honestidad, si el país está transformando sus estructuras o si apenas está celebrando excepciones.
Porque la equidad no se mide por cuántas mujeres lograron llegar.
Se mide por cuántas no tendrán que romperse el doble para poder hacerlo.





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