Sinhogarismo en Puerto Rico: cuando la calle se convierte en destino
- Conecta Puerto Rico

- 12 ene
- 3 Min. de lectura
Por Conecta Puerto Rico | #EnVozAlta

Hablar de sinhogarismo en Puerto Rico sigue siendo incómodo. No porque no exista, sino porque durante demasiado tiempo se ha normalizado. En pleno 2026, miles de personas viven sin un lugar seguro donde dormir, mientras la conversación pública continúa atrapada en estigmas, prejuicios y explicaciones simplistas que no reflejan la complejidad real del problema.
En el segmento En Voz Alta de Conecta Puerto Rico, abrimos este diálogo desde una mirada humana, estructural y urgente, alejándonos del juicio fácil y acercándonos a las causas profundas que empujan a tantas personas a vivir sin un hogar estable.
La directora ejecutiva de la fundación Solo Por Hoy, Belinda Hill, comenzó desmontando uno de los mitos más persistentes: no toda persona que mendiga está sin hogar y no toda persona sin hogar vive visiblemente en la calle. Dormir en un carro, en un banco, en una esquina prestada o en un espacio improvisado también constituye sinhogarismo, aunque no siempre sea reconocido como tal.
“Sin hogar es no tener un lugar seguro donde pernoctar esta noche; no es pobreza ni vagancia”, explicó Hill, subrayando la confusión histórica que ha rodeado este tema en Puerto Rico y que ha contribuido a la invisibilización de miles de personas.
Desde su experiencia en el sistema coordinado de atención, Hill señaló que hoy la causa principal del sinhogarismo en la Isla no es la adicción ni la salud mental, como suele creerse, sino la falta de vivienda asequible. Depósitos elevados, alquileres inalcanzables, pensiones fijas que no cubren el costo de vida y requisitos cada vez más restrictivos han colocado a personas trabajadoras, adultos mayores y jóvenes en situaciones de extrema vulnerabilidad. Muchas de estas personas nunca habían estado sin hogar y no cuentan con redes de apoyo que amortigüen una crisis repentina.
A este escenario se suma el peso del estigma social. La vergüenza, el señalamiento y el miedo al juicio provocan que muchas personas oculten su situación, eviten buscar ayuda o incluso se nieguen a ser contadas en los censos oficiales. El resultado es un problema mayor del que reflejan las estadísticas y una población que permanece fuera del alcance de los servicios.
Desde la experiencia comunitaria y de primera línea, Luis Pagán, enfermero y activista social, aportó una perspectiva igualmente alarmante: la frontera entre tener hogar y perderlo es cada vez más frágil. Las condiciones económicas actuales han creado una nueva realidad donde muchas personas conservan un techo, pero no logran cubrir necesidades básicas como la alimentación.
“Hoy vemos más personas con hambre que personas deambulando; gente con techo, pero sin comida”, expresó Pagán, al relatar cómo ha cambiado el perfil de quienes atiende en sus iniciativas comunitarias.
Ambas miradas coincidieron en un punto esencial: el sinhogarismo no puede seguir tratándose como una falla individual ni como un problema aislado. Se trata de una crisis social, económica y de salud pública, agravada por la falta de vivienda asequible, el aumento del costo de vida, la escasez de servicios de salud mental y la ausencia de acompañamiento a largo plazo.
Sin políticas públicas sostenidas, sin prevención temprana y sin un enfoque centrado en la dignidad humana, la emergencia se cronifica y se normaliza. Los espacios públicos se convierten en refugios improvisados, la vergüenza silencia historias y la sociedad aprende a mirar hacia otro lado.
Esta primera parte del diálogo en el segmento En Voz Alta deja una pregunta que no puede seguir evadiéndose:¿estamos realmente atendiendo el sinhogarismo en Puerto Rico… o simplemente hemos aprendido a convivir con él?





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